Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

La Fortaleza Negra (IV)

La mano de Vivianne se posó en su pecho pálido, y le dio pequeñas y suaves palmadas.
—Señor, joven señor… despertad, os habéis quedado dormido—susurraba con un dulce y tranquilizador tono.
El Cymyr entendió sus palabras, abrió los ojos y más le valía andarse con pies de plomo pues como decía una rima-proverbio de su tierra aludiendo a los ogros y otras compañías que abusaban de los humanos:
“No te fíes de amistades que encierran, que si no es por precaución, es que tú serás la cena”.
Miró a ambas muchachas, no eran ogros, sino Vivianne con su piel lechosa, su cabello dorado y rizado como el vientre de un tornado, y otra joven de rostro triste y cabellera castaña, de belleza silenciosa.
Sin embargo, parecía por su mirada, más viva que la de la joven de mechones blondos.
—¿Me… dormí?—dijo él con su acento bárbaro.
Las dos sonreían encantadoramente. Le ayudaron a levantarse, y una vez de pie, con el taparrabos balanceándose suavemente, la rubia desvió la mirada hacia alguien que esperaba fuera. Estiró un brazo, y traía algo en sus manos.
Ropa extraña que Khôr no había visto nunca.
“Cuantas atenciones”, pensó él con asombro.
Lo que le ponían delante era un pantalón negro de piel cromada (esto sí lo conocía), unos escarpines blancos y una camisa blanca muy sedosa, de puños de encaje. También unas botas negras para calzarse.
Le llevaron a los baños, donde el Cymyr se maravilló entre espumas de colores y aromas que no había experimentado en su vida.
Y, pobre inculto, creía que había un río termal cerca con lo que calentaban el agua. Le gustaban las burbujas que salían, las hacía salir del agua a soplidos, era algo fascinante para él, y aunque su cometido estaba en convertirse en un guerrero, no podía negar que aún era un niño.
Tras terminar el baño, se dirigió a las dos mujeres que sostenían una toga larga y negra.
Las muchachas que, viéronle vestirse tras un biombo, suspiraban sonrojadas… querrían haberse metido en el baño con él en una secreta y morbosa fantasía.
Si él hubiera tenido un par de años más, claro, pues el joven era aún un púber, pero había alcanzado una etapa de su desarrollo que quizá le hacía aparentar más edad y ambas damas no lo sabían.
Tanto tiempo ellas sin un hombre en condiciones… ¡Se había desnudado y vestido delante de ellas sin pudor alguno! ¡Qué desvergüenza!
Aunque el espectáculo fuera recibido de buena gana, una distracción exótica que no venía nada mal.
A sus casi 13 años Khôr aparentaba unos 20, y sobre todo Vivianne se pensó el pasar un rato con él, le había gustado aunque no tanto como el fortachón de ojos azules que perdiera tiempo antes.
Mas la señora esperaba, y su cólera sería aterradora si llegan a hacerle algo o se demoraban un momento más.
La llamaban Condesa porque había ganado ese título en la jerarquía dura y traicionera de los nobles de su casta, pero aburrida de ello, se retiró con sus siervos a estas tierras umbrías y gélidas, donde al menos, no tenía que servir a nadie sino a sí misma.
La joven silenciosa del cabello castaño sentía también cierto ardor, apenas conteniendo su suspiro. Las dos muchachas cogieron un peine entre risas y le aplicaron un extraño líquido en la cabeza a su invitado que echaba un olor extraño… ¿lo llaman colonia?
“¿Pero qué es esto? ¡Me perfuman como a una bailarina!”, refunfuñaba el joven en su lengua, con resignación.
Si quería llegar al fondo del asunto (del extraño comportarse de sus anfitriones), debía “infiltrarse” y demás, pero lo del líquido perfumado que le habían echado le hacía sentirse como un afeminado, y por eso le costaba contener un gruñido violento que hizo reír a ambas féminas.
Una vez que el muchacho pareció un civilizado vestido con las ropas y estuvo presentable fue conducido por el corredor iluminado por teas; hasta una suntuosa sala con una lámpara de araña encima en que las velas encendidas aunque daban poca luz.
Le sentaron en una larga mesa, junto a él un asiento vacío. Sirvieron dos platos, con carnes que reconoció de jabato y frutas. Miró la botella frente a sí, un líquido rojizo y oscuro.
—¡Vino!—musitó, y en el enorme salón rodeado por una alfombra roja y dorada en su suelo, y arcos de acceso como góticos, escuchó a un hombre anunciar algo.
Quizá estaba hablando sobre él con alguien, y esto atrajo su atención. En realidad podía ser cualquier cosa.
Khôr apenas le entendía, pero estaba hambriento y prestaba la atención debida. Entró una hermosa mujer con un vestido de color violeta muy claro, con un encaje negro en su generosa zona escotada, resaltado por un corsé rojo.
¿Era violeta claro, o era la luz de la noche que apenas alumbraba la estancia?
No, el rojo se notaba, mas el vestido era dorado en vez de violeta… el joven se quedó impresionado ante la belleza resaltada de la pálida faz de la condesa, por los estrechos ventanales entraba la claridad azulada de la luna, dotando de una hermosura atemporal y algo tenebrosa a la mujer, y un contraste onírico a la obra de arte que era su atavío.
Ella se sentó al otro extremo de la mesa, en principio. Uno de los sirvientes, vestido con ropas civilizadas semejantes a las del joven salvaje, trajo vivamente un copón a la mujer, y ella le despidió con un gesto altivo.
Bebió, y ronroneó de placer. Pero el muchacho ignoró que el cambio de color de antes no se debía a la luz de la luna, sino a que las velas sobre ellos en la lámpara que colgaba del techo, habían cambiado a un poco corriente azul amoratado.
Khôr, boquiabierto, observaba los rojos labios de la dama, rojos como la sangre, pronunciar palabras en ese idioma que a medias conocía.
Y le asombraba el gris cabello que caía en cascada sobre los hombros de la condesa, reflejando el lejano y dorado haz de las velas, un sol débil, platino y moribundo en esa tierra de tinieblas, oscuridad y noche que era su hogar.
Continuó devorando la comida sin piedad, vestido con esa ropa que le incomodaba, pero le daba un porte distinguido e incluso arrebatador para su corta edad.
Su cabello casi rapado por los lados, con una cola atrás, le daba un aire extraño, al igual que su pálido rostro y tristes ojos oscuros a tan poca luz. Un corto flequillo tenía sobre su frente, algo ancha.
La condesa Tarja sonreía viendo al Cymyr comer con tantas ansias los platos de frutas exóticas, delicioso manjar de nobles, pues habían sido traídas de las regiones del sur.
O eso le hizo creer al muchacho, ya que esas frutas realmente habían sido creadas mediante un conjuro que ella misma conocía. Khôr terminó la comida y acabó la botella de vino, que lejos de ser el buen vino de mesa, era un vinazo joven que calentaba hasta los huesos en aquel gélido ambiente.
La condesa le miraba con unos fuegos fatuos en los ojos, no había llama alguna y sin embargo el bárbaro podía verlos encendidos.
Tarja se levantó de la mesa y caminaba, riendo por lo bajo hasta situarse junto al bárbaro, que la vio sentarse en la silla a su lado. Ella le miraba y le decía palabras que no entendía muy bien. Aún así las escuchaba y las trataba de asimilar.
—¿Desde dónde has venido, salvaje? ¿No te sientes raro en un sitio como este… ni con estas ropas? ¿Aún no entiendes por qué estás aquí? ¿Lo que te ha atraído?—.
Khôr se esforzaba por entender, y al final algo pudo articular con su bárbaro acento.
—No comprendo. Yo vengo desde… mucho lejos. No muy cómodo—.
—Ah, que vienes desde muy lejos. ¿Cuánto de lejos, para no hablar mi lengua? Aunque apenas pareces un chiquillo por tu rostro, eres alguien muy fuerte. Tienes algo de guerrero. Porque eres un guerrero, ¿verdad?—le susurró ella con cierto tono cómplice, como alabando su físico y esa extraña mirada oscura.
Él no se sentía menos interesado y atraído por el generoso escote de la mujer de cabellos argénteos, realmente parecía una princesa.
—Yo es guerrero… guerrero de mi tribu. ¡tribu lobo!—.
El joven alzaba un puño, orgulloso y lo ponía contra su pecho. Era primitivo y hosco, tanto que la condesa tuvo que reprimir una violenta risa, aunque con éxito.
—Ya entiendo, dime qué es lo que hace un guerrero de la tribu del lobo en este lugar. Si no, tendré que jugar a un juego contigo. ¿No eres un espía? ¿No has venido por mi tesoro?—.
—¿Qué es juego?—dijo sin entender del todo la palabra, que para el fluido hablar de la mujer, le sonaba distante y sin significado, como todo lo demás que había dicho.
Tarja sonreía, sus ojos grises refulgían como estrellas nacientes, y posó su mano en el muslo encuerado de Khôr. Se le quedó mirando largo rato, en silencio.
Y él sintió como si estuviera desnudo y un viento escalofriante violase su piel, sus músculos y huesos, y penetrase en su espíritu sin permiso alguno.
Luego, esa sensación terrible amainó. Pero se mordió la lengua por dentro de la boca, rezando mentalmente a los dioses para que ella no moviera la mano más allá y notase su apretada erección en los pantalones.
Levantándose y dirigiéndose hacia uno de sus criados, la condesa sonrió con tierna malicia, dándose cuenta pero sin demostrarlo, y habló con uno de los criados que flanqueaban el umbral por donde ella había aparecido.
—Cuando haya hecho la digestión… llevádmelo. Deseo su sangre, ha durado demasiado en este castillo, y puede traernos problemas cuando sepa…—empezó a susurrar ella.
Tarja suspiró y le miró nuevamente, algo la hacía arder de sed.
Él era un chiquillo, pero una presa viva al fin y al cabo.
—No, digo más. Démosle… media hora. No podré soportar por mucho el olor de su piel, el correr de la sangre en sus venas. Estoy harta de los llorones de la mazmorra—concluyó.

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3 comentarios

  1. Ya echaba de menos una nueva entrega 🙂 Khôr me ha arrancado una sonrisa cuando me lo he imaginado soplando las burbujas, cuando ha gruñido cuando le han echado la colonia. Tengo ganas de ver cómo sale de esta, de ver cómo se enfrenta a Tarja y sus secuaces. Es como leer una historia por capítulos y me atrae, no voy a negarlo. Khôr va madurando con cada trocito que escribes sobre él, se va perfilando más según sus acciones son expresadas. En definitiva, cobra vida.

    No voy a repetirme sobre el vocabulario empleado – pocos usarían, por ejemplo, la palabra tea, se conformarían con antorchas, y queda mucho mejor tea que antorcha -.

    Nos seguimos leyendo 🙂

    4 septiembre, 2010 en 22:39

    • Bueno, en aquellos días (1994-95 me parece) había leído ya algunos libros de Conan y lo mismo aparecía Antorcha que Tea, y como dices, Tea no se usa demasiado porque todo el mundo sabe qué es una antorcha, es de uso más común.
      Pero me gustan las palabras en desuso, porque así las recupero, son palabras que he leído en esos libros y en otros, o las he buscado en el diccionario sólo para saber de qué otras formas las podía nombrar refiriéndome a lo mismo.
      Y así obligo por ejemplo, a quien no sabe lo que es una tea, a buscar su significado ;P
      De cualquiero modo, si te va gustando cada vez más, ¡eso significa que de primeras te decepcionará menos!
      Aunque he intentado no decepcionarme a mí mismo escribiéndolo, sé que no será lo mismo a ojos de otra persona… pero tranquila, Irewen, que la historia tiene un crescendo como irás viendo.
      ¡Hasta otra entrada!

      4 septiembre, 2010 en 23:26

  2. Eilidh

    Hasta siendo un jovenzuelo sigue siendo un pillastre. Ay esa Tarja por ahi miedo me da…y prepárate Irewen..ésto es sólo el génesis..
    Nos seguimos leyendo!

    5 septiembre, 2010 en 12:49

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