Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Año 983, 6ª era Arryana.

Año 983, 6ª era Arryana. Final de Invierno. La Edad del Acero.

Llegaron a Jir’am de nuevo. El lugar fue reconquistado, y los Myrrns fueron expulsados y aquellos que ofrecieron un nulo coraje, ejecutados.
Zuzenn estaba doblemente nervioso, porque su mujer estaba a punto de darle su primer hijo, y no había noticias de Kurgan. Antes de ir a la batalla, el bárbaro conquistador, cuyo nombre para algunos no era otro que Akerión (uno de los descendientes de Bhandirla el Aniquilador), se pasó dos días sin dormir en la enorme tienda real que dispusieron los criados para el campo de batalla en Kymirnn. Nunca iba a ver a su mujer de blanca melena, porque, entre las tribus corría la superstición que ver cómo una mujer daba a luz a un hijo traía muy mala suerte.
Pronto, al alba del tercer día, se encontró dirigiendo sus tropas, a caballo, para ir a la melé contra los ejércitos vampiros de Valaquiphia entre los fríos montes de las Tierras de la Noche. Zuzenn se dio cuenta que con los años combatía a más enemigos, y a base de matarlos su reputación de terrible guerrero y consumado espadachín le precedía allá donde iba: los mismos vampiros le temían.
La jornada de aquel día había sido corta, una rápida emboscada entre los árboles escarchados y grises del Bosque Muerto, y una retirada a tiempo, dejando la vía de abastecimiento al norte de Kymirnn ocupada por algunos guerreros que estaban bajo la enseña de Zuzenn.
Los vampiros estaban pasando un invierno crudo. Tras la retirada, el mismo rey y emperador fue avisado que a su mujer se le complicaba el parto, lo cual le estresaba casi de la misma forma que la guerra en tablas que estaba aconteciendo. Se preguntaba, cada vez que consultaba los planes de estrategia, qué había sido de Kurgan.
¿Qué habría hecho él?
Era el único amigo que había tenido desde crío, su mejor consejero llegado al trono y el único guerrero al que confiaría su vida. Pero ahora, iba a ir a las tierras de la oscuridad, a resarcirse por la matanza de su reino, y ésta vez, los Myrrns no tenían por donde escapar.
Los acorralaría rodeando Enock, donde ya había un frente, en el cual los Cymyr y los Jiramnos luchaban codo con codo contra los vampiros.
Zuzenn instauró un campamento en los límites de Kymirnn con el País de la Muerte, y para disgusto suyo, su mujer, a un día de dar a luz, vino a quedarse con él. Quería conocer su triste y gris país de origen (la diablesa había estado encarcelada desde cría en las mazmorras de Maarrydh el Negro, que la robaba poder vital para engrandecer el suyo propio).
Las batallas eran de lo más encarnizadas entre los ejércitos vampiros y los humanos, llegando a librarse estas en la estepa de los negros bosques de Kymirnn.
En una de las Crónicas de la Espada Salvaje (un enorme tomo recopilatorio donde los sabios civilizados escriben sobre los héroes bárbaros, sus tribus y personajes más significativos), está la batalla descrita como la del “Llanto del niño guerrero” en la que cabalgaron todos los Jiramnos y Cymyr hacia las llanuras, a la carga contra un enemigo inferior en apariencia, pero les estaban esperando allí también las fuerzas de élite y toda la vastedad del ejército de los vampiros y los Myrrns.
Zuzenn mandó a su mujer a salvo tras algún lugar a donde no se llevara el combate, y lo que hizo fue capitanear un asalto sorpresa en los puestos de avanzada de los vampiros, pasando entre sus filas a caballo como una amalgama de truenos y sangre. Empero el ataque falló, ya que no se esperaba que los vampiros hubieran repuesto las bajas con los prisioneros o los enemigos malheridos.
Eran casi el doble de lo que Zuzenn había hecho caer en tres meses. La desagradable sorpresa hizo que el ejército cayera en la desbandada cuando los rodearon miles de soldados vampiros y algunos resucitados, eso sin contar con los Myrrns.
Zuzenn, malherido tras intentar abrir una brecha para escapar del enemigo, había llegado hasta un lejano claro donde tratar de lamerse las heridas. Aunque por poco tiempo, pues le estaban buscando unos rastreadores Myrn. Consiguió despistarlos durante dos días, borrando su rastro y marcando otros falsos, habiéndose vendado las heridas era imposible seguirlo si no había sangre.
Tardó un día y una noche en dejarlos atrás con falsas pistas, pero al fin, pudo escabullirse. Y cuando llegó a las afueras de su campamento, vio que la guerra había llegado hasta allí.
Se maldecía por haber dejado que su mujer se quedase. Confiaba que este conflicto terminaría en menos de un mes, y que no se llegaría a tanto.
Estuvo en un claro error. Miró su reflejo en un gélido charco aquella noche. Sus ojos, antaño gris azulados, ahora se habían oscurecido hasta hacerse castaños. A causa de un conjuro de exorcismo para librarle de una enfermedad demoníaca…, por lo demás seguía siendo el joven guerrero que todos habían temido y respetado, uno de los Altos Reyes, el último.
Y se armó de coraje, pese a sentir que las heridas se le abrían de nuevo. Miró al cielo de esa patria cruel y gris con un rezo ardiente saliendo de su garganta y su pecho:

“Choddan, sé que no hay hombre que merezca tus favores salvo un bravo guerrero. Así sólo te pido una cosa: deja que pueda ver nacer a mi hijo, y que si muero en combate, me lleves junto a mi hermano de batalla Kurgan. Sé que está contigo, los bravos y valientes te agradan. Ofrendo mi valor y el sacrificio de mi vida… que mi mujer me dé un hijo varón, y que sea poderoso. Que sea tan fuerte en esta tierra que puedan oír su grito de batalla hasta en el Abismo”.

Así, y sin más palabras, desenvainó su espada negra, y se quitó la roja capa que cubría su cota de mallas, de la que también se deshizo con un tirón.
—Si he nacido desnudo, moriré tal cual. Así lo quieren los cielos—.
Sus brazos se hincharon y se tornaron más musculosos y duros, su torso, definido y robusto. Su ondulada melena de color castaño y brillo dorado se movía en la dirección del viento de levante.
El viento desapareció con la bendición del Señor de los Siete Cielos. Los soldados vampiros se acercaron, al igual que varios Myrrns. La muerte se olía por su perfume dulce y nauseabundo.
Y Zuzenn se ganaría el favor de Choddan y de Qidara, siendo el primero que corrió a por las filas del enemigo como un poseso, girando y cortando con su espada, derramando la sangre del enemigo, convirtiéndose en un tornado rojizo. Luego, la enorme avalancha humana se abatió contra los vampiros. Se oyó un llanto en todo el campo de batalla, y el joven padre se estremeció.
Por encima del choque de espadas, al amanecer (aunque aún habían estrellas en el cielo y este volvía a nublarse como siempre) los mismos vampiros se sobresaltaron. Zuzenn corrió a ver a su hijo, abandonando la batalla y esquivando golpes y cortes hacia su cuerpo como una pantera a la que acosaban cientos de cobras.
Allá tras las colinas donde se defendían los restantes de sus hombres, su mujer había parido al primer vástago de su familia hacía pocas horas. Zuzenn lo cogió en brazos, con emoción.
Naraii lloraba, a pesar de ser una mujer fuerte que pertenecía a una casta de antiguos humanos mitad demonio, ajenos al mundo, pues traer vida es una prueba de que el dolor y el amor pueden reconciliarse en uno mismo.
—¡Cariño! ¡Es un hermoso varón! Había pensado en llamarle Assariëil—.
Su marido mostró su ignorancia con una mueca cómica, alzando una ceja.
—Es en lengua… antigua. Significa: “El ángel bajo las estrellas”—suspiró Naraii.
En lengua angelical, el nombre podía significar cientos de cosas, en la lengua Khentari (el idioma de origen infernal de los Kentarios), venía a significar aunque no explícitamente un ángel que durmiera bajo las estrellas, un nombre quizá así de romántico traducido a la lengua humana.
Pero ella no quería que él supiera que el nombre era Khentari, porque los dos habían tenido problemas con los de la raza de Naraii.
Y si su esposo sabía que el nombre de su hijo más que ángel significaba “Estrella de Muerte”, podía ser motivo de disputa, pero no tenían tiempo de elegir más nombres.
—Assariëil, uh… no sé si será lo más adecuado—murmuró el emperador.
Aún dudaban sobre su nombre.
Entonces, el niño abrió sus ojos, que parecían casi grises, o fue un espejismo. El bebé había abierto los ojos demasiado pronto, y los volvió a cerrar, dándole a su padre una patada en una quijada con la piernecilla derecha.
El bárbaro se vio sorprendido y rió a carcajadas, el crío pegaba fuerte.
—Eres un niño fuerte y valiente… pero no serás un ángel. Un día, serás un hombre de honor que someterá enemigos bajo una afilada espada—jadeó Zuzenn, alzando al crío con amor paternal.
Una cruel flecha surcaba el cielo en dirección a ellos, cosa que avisó una mujer de melena rubia ceniza y ojos marrones.
El chiquillo lloraba y desorientaba tanto a los vampiros como a los guerreros de Zuzenn, que vio venir la flecha y le dio la espalda, siendo atravesado en el hombro izquierdo, habiendo salvado de una injusta muerte a su hijo y a Codalis, la asistenta de Naraii.
Su hijo era más importante que su vida.
—¡Naraii, éste chiquillo no llora por el miedo, su carne no se pone de gallina, él también quiere luchar!—.
Zuzenn no podía estar más feliz y orgulloso. Le puso su hijo en las manos a Codalis después que ésta ayudara a levantarse a Naraii.
—¡Rápido, coged los caballos y huid, pronto no soportaremos más la lucha! ¡Aquí no estáis seguras!—gruñó Zuzenn, dándoles la espalda a su esposa, su asistenta personal y su hijo.
—Pero… ¡Zuzenn!—.
Zuzenn se iba, con la flecha clavada en su hombro izquierdo. Su mujer le miró con los rojos ojos llenos de lágrimas. Comprendiendo, ella asintió y subió en el caballo negro de crin azabache, yéndose con el bebé en los brazos, junto a otros soldados y el capitán de guardia, que la escoltarían.
Naraii debería volver a Jir’am para gobernar en ausencia de su marido, y cuidar de su hijo. Ni había tenido tiempo de reponerse del parto. Mientras tanto, el campo de batalla en la frontera estaba quedando casi desierto. Había un superviviente que luchaba como un tigre poseso, hasta quedar de pie él solo… con muchas heridas a cuestas.
El general de los Myrrns había dirigido el ataque de los vampiros, en revancha por la derrota en Jir’am a la vuelta del rey bárbaro. Traknos se levantaba la visera del yelmo, y miró a su contrincante Cymyr con desprecio.
Zuzenn rió.
Se quedó postrado de rodillas, notando que la vida se le escapaba del cuerpo; así fue que lanzó al general su espada negra, y lo ensartó.
La cara de sorpresa y terror del Myrn le reconfortó en la poca vida que tenía por delante. Los vampiros, unos pocos y desperdigados, se retiraron con nefastas noticias para sus amos.
Los Cymyr avanzaban en carros de batalla, y mataban a los nimios contrincantes que quedaban, a lomos de un caballo o a pie, igual daba porque los bárbaros no tenían compasión con un enemigo despreciable.
La victoria tuvo un precio: el perecer de su rey, y el final del antiguo Imperio.
—Mi amada. Adiós… hijo mío. ¡Gobiérnalos con fuerza!—.
Zuzenn se dejó caer apretando un puño en alto, viendo una luz brillante y cegadora…la nieve caía a su alrededor y todo se tornó una tiniebla negra y gris, desoladora.
Frente a él, una enorme y aterradora puerta negra, y a su espalda, el paso marcial y resonante por cien millares de pies que seguían al guerrero en una procesión fúnebre.
El primero de ellos, era Traknos III.
La puerta del Reino de la Muerte se abrió para Zuzenn el conquistador al sonido de un cuerno. Akerión, emperador de los hombres, el Alto Rey…
Estaba con Choddan.

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