Una historia de oscura y sangrienta fantasía épica

Año 979, 5ª era Arryana.

Año 979, 5ª era Arryana. Verano.

Los Myrrns (o Feeri Sombra, unos extraños seres oscuros) poseían el mayor ejército de Arryas de aquella época.
Ya tenían conquistado casi todo el viejo mundo comandados por sus jefes, los vampiros, y habían sometido varias regiones en su camino desde las llamadas Tierras de la Muerte, salvo los reinos civilizados como Jir’am. Y ese era el reino de Zuzenn, antes conocido como Akerión, el hijo del Escorpión, descendiente de un terrible linaje.
Las legiones tomaban los muros de la fortaleza tras medio día de choque y combate, y la evacuación de la gente se hacía inminente. Las máquinas de guerra de los paladines oscuros de Styrgland no dejaban en pañales a las de Jir’am, pero causaban estragos en los muros de las fortalezas fronterizas.
Aunque los lanzavirotes eliminaban filas casi completas de las legiones de Zuzenn (un bárbaro que acaudilló una rebelión contra las Tierras de la Muerte), Vilenia prestaba apoyo con su caballería pesada, sus falanges, y demás agentes de las Legiones de Plata. Con él estaba un Kurgano, al que llamaron Kurgan ya que sus padres no le pusieron un nombre, temerosos de que la muerte se lo llevase ya que existía la vieja creencia heredada de los tiempos de los fuegos del consejo, de que si el mal no conocía tu nombre, serías invencible. La guerra avanzaba por los territorios al sur de las Tierras de la Muerte, al igual que en las Tierras de la Noche se desataban guerras tribales contra los Väenn, que en aquel entonces, fueron diezmados sin esfuerzo dado que sus propios poblados se confrontaban en guerras intestinas.
Fue un buen año, y los sombríos Myrrns con sus blancas espadas hubieron de recular de nuevo hasta la parte más oscura de los países del norte.

Año 982, 6ª era Arryana. Primavera.

Zuzenn se levantaba de la cama como cada mañana, corría las cortinas y acariciaba el rostro de su fiel esposa, la más querida de sus joyas, el fuego de su pecho, su diosa de tersa blancura.
Ella abrió los ojos un instante, con su larga cabellera blanca tapándole los hombros. Zuzenn le pasó la lengua por los labios, a modo de jugueteo. Naraii atrapó la lengua de su marido con los labios, ambos rieron, y se abrazaron. Zuzenn la sonreía, acariciando su mejilla contra la de ella. Naraii desplazó una mano que ocultaba la almohada en esa enorme cama, y la llevó a la espalda de él.
Éste, un hombre endurecido por la batalla y los años ejercitando sus músculos levantando peso, le dio un ligero beso en los labios y luego pasó un dedo por en medio de los pechos de quien era su amada esposa.
—Buenos días cariño, hoy te has levantado muy pronto…—ronroneó ella.
—Es que… nunca me despierto a tiempo para ver cómo tus ojos rojos hacen que el sol me parezca una brasilla en la chimenea—.
Naraii se sonrojó y se aferró a su espalda, apretando al guerrero contra su torso desnudo.
—¡Llevamos casados cinco años y es la primera vez que me dices algo así! ¿Has estado bebiendo otra vez?—preguntó preocupada. Su hombre nunca la había regalado nada romántico, ni tan sólo una palabra.
Algo sucedía. Zuzenn se despegó un poco de ella, con una dulce sonrisa en sus delgados labios.
—Cariño, vamos a aplastarlo…—.
—¡Ah, es verdad!—exclamó su esposa con los ojos abiertos de par en par, apartándose como asustada… aún no asimilaba su embarazo.
—¡Jejejeje! ¡Hay que tener cuidado con tu barriguita!—asintió el bárbaro.
El hombre era joven, su melena clara era acariciada por los dedos de Naraii como si la señora fuera una madre, pero el corazón de uno y otro se pertenecían lejos de ningún parentesco. La mujer de cabello blanco y ojos rojos deslizó las manos por el cuerpo de su hombre, unos brazos fuertes y un pecho duro, un vientre liso y resistente. El hombre que tenía el físico del herrero se levantó y se puso su peto de cuero, dio un beso a su mujer y luego salió de la estancia de paredes de mármol de color carmesí.
Tras subir las escaleras de piedra del enorme castillo de Jir’am, llegó a las almenas, donde un hombre enorme vestido con una armadura negra, ornamentada en verde encendido, le esperaba junto a su séquito guerrero.
—Señor, os habéis levantado hoy muy temprano—le sonrió el hombre con mueca sarcástica.
De cerca, se podía apreciar que la armadura era de un color verde tan condensado que refulgía con la luz directa, y parecía negra a la sombra.
—Kurgan, sabes que me gusta romper el protocolo, y con más razón en estos momentos. Te recuerdo que soy el que ha mascado tanto polvo en el norte como tú—.
El caballero de armadura verdosa se tomó esta aclaración como un martillazo directo a su sarcasmo. Como hombre civilizado, no dejaba de ver a un salvaje de ascendencia norteña aunque sobre su cabeza recayese el peso de un imperio. Nunca reconocía al Emperador, su amigo y compañero, como a su propio amo y señor (el bárbaro le había prohibido pensar siquiera tal cosa), pero sí se había ganado su respeto como hombre de guerra. Por algo habían sido compañeros de aventura, y ahora, Zuzenn le reclamaba su apoyo como amigo y experto general, que no su obediencia, y por eso mismo, sintió un pinchazo tras el cuello al escuchar sus palabras, que eludían la mofa.
Cuando dejó de retener el aire en sus pulmones, el robusto hombre lo soltó por la nariz.
—Vale, bárbaro. Coge mi catalejo… y mira al este—.
Zuzenn cogió el dorado artefacto por el que miraba el caballero, y descubrió un enorme ejército. Los paladines del mal avanzaban implacables por la vasta extensión de tierras fronterizas de su reino. Pronto, en cuestión de horas, estarían asediando la fortaleza y todo lo que era la ciudadela.
—Y pensar que estos seguidores del caos y el mal se han hecho con un inmenso poderío en el mundo…—suspiró el bárbaro de melena clara.
—Ya no. Ahora han topado con la horma de sus botas. Mas ahora no son sólo ellos en sus filas, también hay algún Väenn en las filas de las legiones, a los que mandan como carne de matanza en el primer asalto. Y los Myrrns se han aliado con ellos, pero permanecen por el norte, en asedios y demás guarradas. Son muchos, y me parece que su estrategia militar es de lo más brillante aunque atrasada, me los desayunaría sin problema…—.
El caballero era un buen estratega a parte de hombre de guerra, y apreciaba el intelecto y la fuerza de sus contrincantes, pero su amigo no opinaba igual.
—Kurgan, por mucho que me haya civilizado (dentro de lo que cabe), ésos perros de piel oscura serán idiotas por siempre, mis creencias no han cambiado para nada bajo el peso de la corona. Puede que no entienda más que ellos sobre los marcialismos, y tampoco entiendo por tu fascinación por las estrategias de campaña del enemigo. Preparad las defensas y apostad a los arqueros. Quiero a los Escorpiones en su puesto preparados para el rechazo y no la retirada. Necesito una contraofensiva potente y que cause pavor en sus filas—finalizó Zuzenn.
—¡Sí, mi rey!— dijo Kurgan con emoción, cuando ambos amigos se llevaron sus puños al pecho. Significaba que el mando de los ejércitos y recursos de combate eran suyos, todo bajo el metálico puño del Kurgano, que no tardó en ponerse a dar órdenes a diestro y siniestro.
El imperio se fragmentaba y las viejas alianzas estaban decayendo en conflicto, pues es en esta era de capitulación en que los muros de lo que hizo el Hombre acaban por derrumbarse a causa de sí mismo. Y, contando con esto, ¿podría el rey, consumar su imperio ante la posible fragmentación que se le presentaba con la guerra? ¿Sería capaz de recuperar su poder y de forjar lealtades, además de reforzar las que ya existían?
Zuzenn era un hombre de pasiones salvajes que no entendía la importancia de una estrategia, aunque la practicase de manera inconsciente, pero Kurgan, indistintamente de consciente e inconscientemente, podía hacer cosas como llevar el ejército a la victoria como si se tratase de una partida a las cartas. Con un poco de tiempo para organizar su plan, ya fuera de defensa, de ataque, o de provocación, era capaz de todo.
Y de mientras, la mano de la guerra abría sus dedos mostrando el futuro que aguardaba en su palma.

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8 comentarios

  1. *Se acomoda para seguir leyendo, piensa estar ahí muuuucho tiempo*.

    1 marzo, 2011 en 4:37

  2. ¡Pues bienvenida seas, Iracebeth! Traigo unas galletitas para pasar el rato de mientras… el té te lo dejo a ti ;P

    1 marzo, 2011 en 5:11

  3. Morwyn

    Bueno, no tengo palabras…Por supuesto, voy a seguir leyendote….

    22 agosto, 2011 en 18:05

  4. Heheh, y esto es sólo el comienzo, Morwyn.
    ¡Bienvenida a mi mundo!

    22 agosto, 2011 en 22:12

  5. Duhr

    Ssshhhh que esta interesante….

    Yo quiero un té y unas palomitas, por favor…. (sin levantar la cabeza del libro)

    28 noviembre, 2011 en 14:49

  6. ¡Té para todos! |_|D

    29 noviembre, 2011 en 16:30

  7. Alyena@live.com

    Me gusta el tierno despertar… y como describes la ternura del hombre cuando está con su mujer y la manera en que se comporta con los hombres, escondiendo aquello que siente para no perder el respeto de sus hombres,.. espero leer pronto la siguente parte.

    31 marzo, 2012 en 0:48

  8. Pues ese es el emperador, un bárbaro. Seguro que el resto de la historia te resulta algo más dramática…

    31 marzo, 2012 en 1:32

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